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Los árboles eran un elemento sagrado para los celtas de la Península Ibérica al igual que para el resto de celtas europeos y también para otras culturas como la nórdica, la griega o la romana. El árbol, alzando al cielo sus ramas y hundiendo en el suelo sus raíces, muestra una conexión entre mundos que sin duda debió ser apreciada por los celtibéricos al ver un reflejo de su concepción cosmológica.

A esta imagen hay que añadir las características propias de los árboles que los hacían útiles y necesarios en la realidad de aquellos tiempos, como el ejemplo de la encina, que atrae el rayo y además proporcionaba bellotas, base de la subsistencia de los pueblos que vivían cerca de encinares (Estrabón 3, 3-7), o el tejo, poseedor de un letal veneno del que los cántabros, galaicos y astures hicieron uso para suicidarse tras la batalla de Monte Medulio (Lucio Anneo Floro, Historia Romana, IV, 13).

Es importante desechar viejos mitos e ideas como el calendario arbóreo inventado por Robert Graves en su libro “La Diosa Blanca” y que posteriormente ha dado lugar al famoso “horóscopo celta de los árboles”, o la afirmación de que los celtas adoraban a los árboles porque creían que en su interior habitaba una divinidad. Los árboles recibían culto en tanto que árboles per se, ya que los celtibéricos eran animistas y consideraban que todo ser vivo tenía su propio espíritu.

Los celtibéricos concedían a los árboles sagrados un estatus de símbolo político al servir como centro de reunión de la tribu o incluso como frontera entre unas tribus y otras y hasta no hace demasiado tiempo y especialmente en el norte de España aún se celebraban las reuniones del concejo en torno al árbol principal de la localidad. También podían representar el lugar en el que se celebraban las grandes festividades religiosas de la comunidad, el nemeton. Por todo esto, el árbol sagrado de la tribu se convertía en todo un símbolo que podía ser agraviado por los enemigos con el objetivo de crear daño moral.

A continuación enumeramos algunas de las especies arbóreas de la Península Ibérica de las que hemos podido recoger constancia de su sacralidad en diversas fuentes: